Un equipo de naturalistas documentó un desplazamiento inusual de Lymantria dispar a lo largo de 120 km en tres semanas. El objetivo era comprender los factores desencadenantes y modelar rutas futuras.
Se instalaron 18 estaciones de monitoreo con trampas de feromonas y sensores meteorológicos. Se recogieron muestras de larvas y adultos para análisis genético y se registraron datos de viento, temperatura y humedad.
Durante 45 días se realizaron capturas diarias y se geolocalizaron los especímenes. Se utilizó un modelo de dispersión atmosférica para correlacionar los patrones de vuelo con las corrientes de aire dominantes.
Se identificó que las migraciones se activan tras picos de densidad poblacional y vientos sostenidos superiores a 15 km/h. El modelo predijo con un 83% de precisión las zonas de nueva colonización.
Materiales de respaldo: informe técnico de 34 páginas, mapa de rutas migratorias, base de datos con 2.400 registros y serie fotográfica de las fases larvarias.
Fotografías: archivo del proyecto
Las masas de huevos pasan el invierno adheridas a cortezas, protegidas por una capa impermeable que resiste heladas.
Al eclosionar, las orugas trepan al dosel arbóreo y se alimentan vorazmente de hojas jóvenes de robles y hayas.
Tras cinco mudas, la larva teje un capullo sedoso en grietas de la corteza o entre hojarasca para metamorfosearse.
El macho emerge con alas pardas que le permiten volar en busca de hembras; ellas, más pesadas, apenas se desplazan.
Las hembras liberan feromonas para atraer machos; tras la cópula depositan entre 100 y 1.000 huevos en troncos.
Las larvas recién nacidas se suspenden de hilos de seda y son arrastradas por el viento, colonizando nuevos bosques.